poema

Alma Ausente

cemetery-883417_1280

 

No te conoce el toro ni la higuera, ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce tu recuerdo mudo, porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra, ni el raso negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo, porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, pero nadie querrá mirar tus ojos, porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan, en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. Yo canto para luego tu perfil y tu gracia. La madurez insigne de tu conocimiento. Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura. Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Federico García Lorca.

 

Paseo Nocturno

Este es el cuerpo con el que voy a salir a la calle. El otro lo dejé descansando en mi cama.

Camino por el Paseo Ahumada entro en el Café Haití y pido un cortado, cosa rara porque yo no tomo café. Doy una vuelta por la Plaza de Armas y escucho a unos músicos que tocan   << El submarino amarillo>> con instrumentos medievales.

yellow submarine

yellow submarine

En la esquina hay un hombre vendiendo algodones de azúcar. Sopla un viento muy fuerte. Los algodones salen volando y se pegan en la cara de los muertos.

Las ramas de los árboles empiezan a llenarse de palomas negras. Me da miedo.

Tomo el Metro y regreso a mi departamento. Abro la puerta y camino hacia mi dormitorio.

Ahí en la cama está mi otro cuerpo, descansando.

Óscar Hahn.

Todas íbamos a ser reinas

Todas íbamos a ser reínas, de cuatro reinos sobre el mar: Rosalía con Efigenia, y Lucila con Soledad.

En el valle del Elqui, ceñido de cien montañas o de más, que como ofrendas o tributos, arden en rojo y azafrán. Lo decíamos embriagadas, y lo tuvimos por verdad, que seríamos todas reinas y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años, y batas claras de percal, persiguiendo tordos huidos en la sombra del higueral. De los cuatro reinos, decíamos, indudables como el Korán, que por grandes y por cabales alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían, por el tiempo de desposar, y eran reyes y cantadores como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos, ellos tendrían, sin faltar, mares verdes, mares de algas, y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos, árbol de leche, árbol de pan, el guayacán no cortaríamos ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas, y de verídico reinar; pero ninguna ha sido reina ni en Arauco ni en Copán.

Rosalía besó marino ya desposado en el mar, y al besador, en las Guaitecas, se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos y su sangre dejó en su pan, y sus ojos quedaron negros de no haber visto nunca el mar. En las viñas de Montegrande, con su puro seno candeal, mece los hijos de otras reinas y los suyos no mecerá.

Efigenia cruzó extranjero en las rutas, y sin hablar, le siguió, sin saberle nombre, porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río, a montaña y cañaveral, en las lunas de la locura recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos y en los salares su reinar, en los ríos ha visto esposos y su manto en la tempestad.

Pero en el Valle de Elqui, donde son cien montañas o son más, cantan las otras que vinieron y las que vienen cantarán:

<<En la tierra seremos reinas, y de verídico reinar, y siendo grandes nuestros reinos, llegaremos todas al mar>>

Gabriela Mistral.

 

Oda al apagón

Ahora sí que es de noche, y tenebrosa. Te acordás cuando el bando reclamaba, una sola confianza por ambiente, y de pocas bujías.

El apagón es grande y extendido.

Ahora sí que es de noche, y de noche todas las leyes son pardas, la libertad está como boca de lobo, la justicia no se ve ni las manos.

El apagón es grande y extendido.

Préstame tu luciérnaga de pueblo, su latido sin sombra, su foco inagotable.

Mirá si estamos todos como perros guardianes, y después apágala, apágala y después, pensemos o rumiemos o soñemos con los ojos abiertos, hasta que llegue inexorable el día.

Mario Benedetti. 

El sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una tregua, un puro reposo de la mente, ¿por qué, si te despiertan bruscamente, sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora nos despoja de un don inconcebible, tan íntimo que solo es traducible, en un sopor que la vigilia dora

de sueños, que bien pueden ser reflejos trucos de los tesoros de la sombra, de un orbe intemporal que no se nombra

y que el día deforma en sus espejos. ¿quién serás esta noche en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?
Jorge Luis Borges.

Y no me digan nada

Y no me digan nada,
que uno puede matar perfectamente,
ya que, sudando tinta,
uno hace cuanto puede, no me digan…

Volveremos, señores, a vernos con manzanas;
tarde la criatura pasará,
la expresión de Aristóteles armada
de grandes corazones de madera,
la de Heráclito injerta en la de Marx,
la del suave sonando rudamente…
Es lo que bien narraba mi garganta:
uno puede matar perfectamente.

Señores,
caballeros, volveremos a vernos sin paquetes;
hasta entonces exijo, exijiré de mi flaqueza
el acento del día, que,
según veo, estuvo ya esperándome en mi lecho.
Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo,
ya que, a veces, asumo con éxito mi inmensidad llorada,
ya que, a veces, me ahogo en la voz de mi vecino
y padezco
contando en maíces los años,
cepillando mi ropa al son de un muerto
o sentado borracho en mi ataúd…

César Vallejo.

Poema de un indigena Kwakiutl

Corre fuego a través de mi cuerpo con el dolor de amarte, el dolor corre a través de mi cuerpo con el fuego de mi amor por ti. Dolor ardiendo a punto de estallar de mi amor por ti, consumido por el fuego de mi amor por ti, recuerdo lo que me dijiste y estoy pensando en tu amor por mi. Estoy desgarrado por tu amor para mí, dolor y más dolor, ¿a donde vas con mi amor?

Me han dicho que te vas de aquí. Me han dicho que me dejas aquí. Mi cuerpo está paralizado de dolor. Recuerda lo que te dije, mi amor. Adiós mi amor, adiós.

Anónimo (1896).

Poema 7

Inclinado en las tarde tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos. Allí se estira y arde en la más alta hoguera mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.

Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes que olean como el mar a la orilla de un faro. Solo guardas tinieblas, hembra distante y mía, de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

Inclinado en las tardes echo mis tristes redes a ese mar que sacude tus ojos oceánicos. Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas que centellean como mi alma cuando te amo. Galopa la noche en su yegua sombría desparramando espigas azules sobre el campo.

20 Poemas de amor y una canción desesperada.

Pablo Neruda.