muerte

Vieja, simple y ligera

Quiero morir vieja, he decidido que quiero morir realmente anciana en una casa a las afueras de las grandes ciudades, en el claro campo, para volver a la tierra en toda la solemnidad de mi muerte.

Me gustaría haber podido mirar el mundo cambiar y ver como mis hijos se convierten en padres pagando pecados infantiles con otros infantes, me gustaría quejarme de todo y reírme de nada, no entender la vida social actual de ese entonces. Decir cada vez que escuche una buena nueva – … ah, los jóvenes de ahora, no son como los de antes- y que la hora del té sea durante todo el día, que mis pasatiempos sociales sean visitar mi jardín para charlar con mis jazmines y rosas y que mis pensamientos deambulen en lo que con el término de la energía uno va entendiendo, lo importante, lo que deberíamos valorar que a veces no se puede contar, que a veces no se puede ni ver.

Pero no quiero llegar a esos días sola, quiero que mi viejo hombre, compañero, este a mi lado. Que podamos mirarnos en silencio hundiéndonos en nosotros, yo pudiendo encontrar en sus ojos restos perdidos de tiempo, que delatan la pastosa vida que llevamos dentro, tantas historias dentro de dos cristales extensos, brillantes y apesadumbrados, así recordaría lo corta que es la vida, para advertirle a mis nietos que vivan felices cada segundo, para decirles que calmen sus penas con risas y que no se preocupen por las enfermedades, esas llegan de igual forma.

Quiero llegar a vieja para poner atención a como el sol quema mis desgastados brazos haciéndome sentir bella nuevamente, quiero poner vals y baladas de amor para recordar bellos tiempos mientras limpio los sueños nunca cumplidos, lo que ya no puede ser desarreglado. Quiero tomar la mano de mi viejo, esa mano grande que alguna vez fue fuerte y dormir así, templa, ligera y completa, esperando paciente el momento de mi partida, sonriendo por la historia cumplida, preocupándome enteramente por quién se ira primero y que pasará el otro en la espera.

Rayo Pizarro A.

El incidente

muerte

Mamá estaba poniendo la mesa, se asustó – avisa que estás ahí hijo, tan tétrico- suspiro -siéntate, vas tarde-. No sé cuánto llevaba ahí parado, pero mi cuerpo se estremecía, sentía unas palpitaciones que tomaban mi columna y la comprimían, mi boca estaba seca y recién volvía a llenar mis pulmones de aire… pienso que, voy a morir. ¿Cómo le digo? Me senté incomodo, -Mamá… – La mujer lo miró y se espantó -¿Diego?, ¿Diego que pasa? – el joven convulsionaba moviendo la silla de un lado para otro. La madre llorosa suelta las tazas y trata de alcanzarlo para contenerlo, pero en el instante en donde su mano toca la piel en llamas de su hijo, él desaparece, se desvaneció en el tiempo, como si nunca hubiera existido.

Rayo Pizarro A.